Luis Alberto Vázquez Álvarez
Año 9 d.C. Roma había alcanzado la cúspide del dominio del mundo antiguo, África del norte era suya destruido Cartago y dominado Egipto; Medio Oriente conquistados imperio por imperio; Europa oriental y Grecia: colonias pacificadas. Con la invasión a Bretaña, Hispania y las Galias, el centro europeo estaba dominado, seguían las invasiones a su norte: a Germania donde ya tenían algunas alianzas con tribus bárbaras. Pero un imperio tan grande empezaba a acusar problemas serios, sus legiones ya no eran latinas, eran mercenarias, la corrupción en su gobierno era inmensa y empezaban a producirse rebeliones en regiones dominadas.
Ese año, en una escalada militar que hubiera sido casi un día de campo, en el bosque de Teutoburgo, Germanía, tres legiones romanas —unos 20,000 hombres— fueron aniquiladas en una emboscada devastadora por tribus aliadas, marcando el límite definitivo de la expansión romana. Publio Quintilio Varo, comandante latino que intentó extender su dominio al norte, organizar provincias y cobrar tributos se suicidó ante la debacle. Esta no fue solo una derrota militar: fue un golpe psicológico y político que redefinió los límites del Imperio romano; demostró que las legiones eran vencibles y significó el principio del fin, Roma ya no volvería a tener jamás las glorias pasadas; su declive fue vertiginoso hubo de encerrarse. La leyenda revela que el emperador Augusto en su palacio, rodeado de senadores recibió la noticia, desesperado, golpeaba las paredes y estallaba en gritos: “¡Varo, devuélveme mis legiones!”
Octavio no salió a mentirle al pueblo, ni se dejó chantajear; no propuso volver a Roma grande, ni creo la idea de que los germanos eran una amenaza contra la ciudad eterna, ella estaba muy lejos del bosque. Ahora había sido tocada su credibilidad de invencible y pronto, más pronto de lo que ellos creían, sufrió en carne propia su destrucción; aquello que era inconcebible, fue devastada por los bárbaros.
El dictador naranja gringo, ese que solamente sabe decir mentiras y vive con el temor de su pasado pedófilo, por él fue extorsionado por “Bibi”, primer ministro israelí, un despiadado genocida sionista. Cobardemente, como todo bravucón de barrio, descontó a Irán por la espalda, bombardeándolo arteramente, creyendo que sería una batalla fácil y rápida, pero le explotó el misil en la propia lanzadera y ahora, destruidas sus bases militares en el golfo pérsico con pérdidas inmensas, retira tropas y portaviones y asevera que ya acabó la guerra: huye como cobarde gritando culpas a todos, incluso sus aliados más leales. Ni su recién acuñada moneda de oro puro que le reverencia podrá salvarlo de ser, históricamente, un sátrapa sanguinario que no dudaría en utilizar armas nucleares,
Su propio director del Centro Nacional de Contraterrorismo renunció tras ser ignorado al oponerse a tan burda guerra; argumentó con prueba fidedignas que Irán no es una amenaza inminente para USA y demostró más el uso de motivaciones políticas que de seguridad nacional. Su decisión acreditó un acto “en buena conciencia” negándose a apoyar una guerra que considera injustificada. Esta es una clara demostración de la decadencia moral, cívica e insensible ante las pérdidas de vidas, ciudades, bases, portaviones, refinerías y hasta dignidad americana; todo indica su declive económico y militar.
Todo imperio perece tarde que temprano. Aquí en México agoniza el PRIANismo, el cual no nació cuando lanzaron candidatos juntos, eso es falso, lo es desde que juntos timaron al pueblo: 1988 con el robo de las elecciones presidenciales, luego el Fobaproa y después ya en el año 2,000, con alternancia mariguana del poder al segundo peor presidente de México y, repitiendo, etílicamente, con el peor de todos en otro robo electoral en 2006. Lo que si podemos empatar son los lamentos de dos dictadores lloriqueando porque los demás no los apoyan: el apergaminado gringo maquillado de naranja y el autócrata lleno de botox del PRI; ni los países de Europa ni los partidos de oposición los escuchan; juntos gimen amargamente sus fracasos. Yo sueño, realmente deseo que aún se mantengan en su poder el tiempo suficiente para que acaben de destruir sus imperios y podamos librarnos de ellos y de sus secuaces arrastrados y corruptos que les veneran.







