martes 10, marzo, 2026

Encuestas y banalización de la política

Federico Berrueto

Las encuestas llegaron para quedarse. Muchas cosas han pasado en medio siglo. La información en papel ha cedido ante el formato digital; los dispositivos también han cambiado, la tv es un medio para el streaming no para la señal convencional de las empresas televisivas; la radio dejó de estar en casa, ahora se escucha en el coche o en el dispositivo móvil, medio de información, comunicación y entretenimiento masivo; una revolución tecnológica que apenas advertimos. Pero las encuestas llegaron y ahora, al menos en México son medida del desempeño del gobierno y se utilizan hasta para definir quién debe ser candidato del partido gobernante, que como en los viejos tiempos, candidatos que prevalecen con regularidad.

Las encuestas son negocio del poder en todo el mundo. A pesar de su popularidad e influencia, aquí y en todos lados se equivocan en temas fundamentales; en 2016 se anticipaba la derrota de Trump ante Hillary Clinton. En México, en 2012 el consenso era el triunfo de Peña Nieto por dos dígitos y apenas superó seis puntos porcentuales. El primer ministro de Inglaterra, David Cameron, resolvió hacer el referéndum para salir de la Unión Europea bajo la premisa de que las encuestas señalaban que la permanencia ganaría y eso llevó a la decisión más desastrosa para el bienestar de los ingleses y de la UE. Las encuestas no son precisas y menos ahora porque los encuestados desconfían de ellas y en el caso de México, la inseguridad complicó el levantamiento presencial, telefónico o digital. La encuesta requiere de la confianza del entrevistado, que hace tiempo se perdió.

Los números muy favorables de un mandatario casi siempre son indicativos de la calidad del escrutinio público, no tanto del desempeño. Por eso los gobernantes las promueven cuando les favorecen, se regocijan con ellas y una buena parte de la opinión pública hace el juego. En nuestro país cada reporte del acuerdo presidencial es seguido por comentarios sobre el éxito de quien manda, sin advertir que la renuncia al análisis crítico y al debate público, entre otras cosas, posibilitan los números favorables. Así, los mejor calificados son, casi siempre, los que gobiernan sociedades donde la libertad de expresión y la oposición son testimoniales, como sucede en México. Nadie registra relevante que el mismo funcionario elevado en aceptación, sea reprobado en los resultados de su gobierno. 70% de los encuestados recriminan los malos resultados en seguridad o probidad.

La fascinación con las encuestas se asocia a la obsesión por la precisión que ofrece el número. La cifra no es punto de llegada, como suele suceder en la interpretación generalizada hasta de especialistas, supuestamente entendidos. El número o porcentaje es punto de partida para descifrar y discutir qué significa. La obsesión numérica tiene mucho que ver con la pereza mental, atrás queda la imaginación sociológica convocada por el sociólogo C. Wright Mills. El reduccionismo de la cifra es la renuncia más generalizada a la reflexión crítica. En México es necesario, toda vez que la medida de éxito del presidente o presidenta se relaciona falsamente a los elevados números de aprobación.

Un efecto de la perezosa interpretación de los resultados de las encuestas de aprobación presidencial es la banalización de la política en un doble sentido. Por una parte, abona a la soberbia moral y abuso de quien gobierna al asumirse ratificado en su gobernar y las discutibles decisiones que emprende; por la otra, inhibe la reflexión crítica y el indispensable escrutinio social como fórmula para mejorar el ejercicio del poder y contención al abuso. Banalizar conduce a venalidad y degradación en el ejercicio del poder; ceder en la valoración de la autoridad a partir del empirismo demoscópico es dejar a la sociedad en estado de indefensión.

La realidad se impone y no deja de ser una paradoja que los presidentes más populares son quienes han presentado los peores resultados. Debe preocupar la ausencia de deliberación y la incapacidad de opositores y observadores de los asuntos públicos para entender la manera autoritaria en que se produce el consenso. El balance no es favorable, y abonarse en la tesis de los logros distributivos de la política social y recuperación salarial es una de las muchas derrotas de la reflexión seria y profunda sobre el estado de cosas.

Las encuestas son una invitación al debate no es una renuncia a la reflexión crítica de la situación del país y de quienes gobiernan, como ahora sucede.

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