Francisco Treviño Aguirre
Radiación, territorio y oportunidad: la geopolítica solar de México
México es, paradójicamente, un país privilegiado por la naturaleza y al mismo tiempo tímido para aprovecharla. En materia energética, pocas naciones poseen condiciones tan favorables para el desarrollo de energía solar como el territorio mexicano. Mientras países europeos con niveles de radiación considerablemente menores han construido industrias solares multimillonarias, México sigue debatiendo, entre inercias institucionales, incertidumbre regulatoria y visiones políticas encontradas, si debe o no acelerar su transición energética.
El dato es contundente: gran parte del territorio nacional recibe en promedio entre 5 y 5.5 kilowatt-hora por metro cuadrado al día de irradiación solar, una cifra que coloca a México entre los países con mayor potencial fotovoltaico del mundo. En términos simples, esto significa que el país recibe suficiente energía solar para producir electricidad a gran escala con niveles de eficiencia muy competitivos.
De acuerdo con diversos estudios del Atlas Nacional de Zonas con Alto Potencial de Energías Limpias, más del 70 % del territorio mexicano presenta condiciones favorables para proyectos solares de gran escala. Pero si bien el sol brilla sobre todo el país, no todas las regiones presentan las mismas condiciones para el desarrollo de parques fotovoltaicos. Existen zonas donde la combinación de radiación, clima, disponibilidad de terreno y acceso a infraestructura eléctrica crea condiciones casi perfectas para proyectos solares de gran escala.
El primer gran corredor solar del país se ubica en el noroeste de México, particularmente en los estados de Sonora, Baja California, Baja California Sur y Chihuahua. En estas regiones desérticas la radiación solar puede superar los 5.8 kWh/m² por día, niveles comparables con los mejores sitios del planeta para generación fotovoltaica. El cielo despejado durante la mayor parte del año, la baja humedad atmosférica y las extensas superficies disponibles convierten al desierto sonorense en una verdadera mina energética. No es casualidad que el proyecto solar más grande en desarrollo en América Latina, el Parque Solar Puerto Peñasco, se ubique precisamente en Sonora. Con una capacidad proyectada superior a los mil megawatts, este complejo representa apenas una pequeña muestra del potencial energético que existe en esa región.
Sin embargo, el mapa solar mexicano no se limita al noroeste. Existe un segundo corredor de enorme relevancia energética en el altiplano del norte, donde destacan estados como Coahuila, Durango, Zacatecas y San Luis Potosí. Estas entidades registran entre 2,700 y 3,100 horas de sol al año, condiciones que permiten desarrollar proyectos solares altamente competitivos en términos de costos de generación. En este contexto, Coahuila emerge como uno de los territorios con mayor potencial estratégico para la energía solar en México. Su ubicación geográfica en el norte del país le otorga ventajas que van más allá de la radiación solar. El estado combina clima seco, disponibilidad de grandes extensiones de terreno y proximidad con uno de los mercados eléctricos más dinámicos del continente: el sur de Estados Unidos.
Desde el punto de vista energético, Coahuila posee además una infraestructura industrial consolidada. Regiones como La Laguna y la Sureste, concentran importantes polos industriales que demandan cantidades crecientes de energía eléctrica. La instalación de parques solares en estas zonas no solo permitiría reducir costos energéticos, sino también fortalecer la competitividad industrial frente a los retos del nearshoring. De hecho, varios estudios sobre desarrollo energético señalan que el corredor Coahuila–Chihuahua–Durango podría convertirse en uno de los centros de generación renovable más relevantes de América del Norte. La lógica es sencilla: abundancia de sol, terreno disponible y cercanía con grandes centros de consumo.
Sin embargo, la oportunidad solar de México enfrenta obstáculos que no son tecnológicos ni geográficos, sino institucionales. Durante los últimos años el país ha experimentado una desaceleración en la incorporación de nuevos proyectos renovables debido a cambios regulatorios, incertidumbre en las reglas del mercado eléctrico y una visión energética que prioriza otras fuentes de generación. Esta situación contrasta con la tendencia global. Mientras México discute el ritmo de su transición energética, economías como Estados Unidos, China y la Unión Europea están desplegando programas masivos de inversión en energías limpias. La energía solar, en particular, se ha convertido en uno de los pilares de la nueva geopolítica energética mundial.
Hoy por hoy, la mayor ironía del debate energético mexicano es que el país discute intensamente sobre petróleo, gas y carbón mientras uno de los recursos más abundantes del territorio, la energía solar, sigue esperando una estrategia nacional clara. El sol seguirá saliendo cada mañana sobre los desiertos de Sonora, Chihuahua y Coahuila. La verdadera incógnita no es cuánta energía produce ese sol, sino si México tendrá la voluntad de convertir esa radiación en desarrollo económico o si seguirá dejando que ese gigantesco recurso energético se pierda, literalmente, en el horizonte del desierto.







