El cuerpo, el mito y la política como pasión
La miniserie Santa Evita (2022), dirigida por Rodrigo García, Alejandro Maci y Marcela Said, constituye una de las producciones audiovisuales más ambiciosas del panorama latinoamericano reciente. Protagonizada por Natalia Oreiro en el rol de Eva Perón, la serie adapta una de las novelas más influyentes de la literatura argentina contemporánea y propone una lectura estética y política del cuerpo convertido en reliquia, del mito convertido en relato interminable.
Víctor Bórquez Núñez
No necesitas haber estado en el momento de su muerte. La serie se inicia con el fallecimiento de Eva Duarte de Perón, conocida como la Santa Peronista, una de las figuras más complejas y fascinantes de la política argentina y que, de manera magistral, se convierte en el cadáver más influyente desde el instante de ser embalsamado.
Desde su concepción, la serie asume que narrar a Eva Perón implica enfrentarse a una figura que excede la biografía. No se trata solamente de reconstruir la vida de la esposa de Juan Domingo Perón, sino de abordar la persistencia simbólica de un cuerpo muerto que continúa generando pasiones, disputas ideológicas y ficciones. El eje narrativo se centra en el destino del cadáver embalsamado tras el golpe militar de 1955, cuando comienza una odisea clandestina que atraviesa cuarteles, conspiraciones y fantasmas personales.
EL CADÁVER MÁS ILUSTRE
La miniserie despliega una estructura fragmentada que alterna tiempos históricos y planos subjetivos. Esta decisión formal refuerza la idea de que Evita no pertenece a un único tiempo: es simultáneamente pasado, trauma y presente político. La cámara construye una atmósfera inquietante, casi espectral, donde la iluminación y los encuadres refuerzan la dimensión gótica del relato. El cadáver funciona como un objeto narrativo perturbador: más que un cuerpo inerte, es un detonador de obsesiones.
Todo gira en torno de un cuerpo muerto y mantenido, que genera pasiones y amores que solo se pueden comprender al analizar el fenómeno mediático y político en que se convierte Eva Duarte cuando asume su rol en una época en que ella aporta el glamour que todos anhelaban.
Natalia Oreiro compone una Eva intensa, de gestualidad firme y voz modulada entre la fragilidad física y la determinación política. Sin buscar la imitación literal, su interpretación captura la energía emocional de una figura que supo interpelar a las masas trabajadoras y tensionar a la élite argentina. La serie no idealiza ni demoniza; prefiere mostrar la construcción del mito y sus contradicciones.
LA MEMORIA INASIBLE
Uno de los mayores aciertos de la producción radica en comprender que el peronismo no es solo un movimiento político, sino una narrativa en disputa. El itinerario del cadáver simboliza la imposibilidad de clausurar la memoria. Cada traslado clandestino es un intento de borrar, controlar o domesticar el significado de Evita. Sin embargo, el mito resurge en cada intento de ocultamiento. La ficción convierte así la historia en un thriller político con resonancias existenciales.
En términos de realización, la serie destaca por su cuidado diseño de producción y reconstrucción de época. La ambientación evita el exceso de solemnidad y apuesta por un tono sobrio, con momentos de tensión psicológica que recuerdan al cine político europeo. La música subraya el clima de inquietud sin caer en la grandilocuencia.
UN MITO QUE SIGUE VIVO
Más allá de su valor estético, Santa Evita dialoga con el presente. En un contexto latinoamericano donde las figuras políticas siguen siendo objeto de polarización, la serie invita a reflexionar sobre la relación entre cuerpo, poder y memoria. ¿Qué significa custodiar un cadáver durante años? ¿Qué temores encarna? ¿Qué revela sobre una sociedad que no logra reconciliarse con su pasado?
Recuadro
TOMÁS ELOY MARTÍNEZ
El creador de una novela brillante
La miniserie se basa en la novela Santa Evita, publicada en 1995 por el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. La obra es un referente del llamado “periodismo narrativo” o “novela de no ficción”, aunque su propuesta desborda cualquier etiqueta. Martínez construye un texto híbrido donde la investigación histórica se funde con la invención literaria. Se trata de una pieza notable que merece más de una lectura.
El núcleo del libro es la peregrinación del cadáver de Eva Perón tras su muerte en 1952 y su posterior secuestro por parte de la dictadura que derrocó a Perón. Sin embargo, más que ofrecer una crónica lineal, la novela explora la imposibilidad de acceder a una verdad definitiva. El narrador se incorpora como personaje, reflexiona sobre las fuentes, admite contradicciones y exhibe la fragilidad de la memoria histórica.
La estrategia narrativa de Martínez consiste en multiplicar versiones. Cada testimonio aporta una pieza parcial, a veces contradictoria, que lejos de aclarar los hechos los vuelve más ambiguos. De este modo, la novela instala la idea de que el mito de Evita es más poderoso que cualquier reconstrucción documental. El cuerpo embalsamado deviene símbolo de una Argentina fracturada.
La miniserie retoma esta dimensión literaria al incorporar la figura del propio escritor como hilo conductor. Así, no solo adapta los acontecimientos narrados en el libro, sino también su reflexión metatextual: la conciencia de que contar la historia de Evita es entrar en un territorio donde la realidad y la ficción se contaminan inevitablemente.
La novela alcanzó proyección internacional y fue traducida a múltiples idiomas, consolidando a Tomás Eloy Martínez como una voz central de la literatura latinoamericana. Su aproximación a Evita no pretende dictar sentencia histórica, sino indagar en la persistencia del mito y en la fascinación colectiva por el cuerpo ausente.
Santa Evita, tanto en su versión literaria como audiovisual, demuestra que algunas figuras históricas se convierten en territorios simbólicos inagotables. La miniserie amplifica la potencia narrativa de la novela y la traslada a un lenguaje visual contemporáneo, logrando un equilibrio entre rigor histórico y dramatización.
Más que una biografía, la obra —en ambas versiones— es una meditación sobre la memoria y el poder de los relatos. Evita, convertida en mito, continúa interpelando a generaciones que buscan comprender no solo quién fue, sino qué representa. Y en ese gesto, la ficción revela su capacidad más profunda: iluminar las zonas donde la historia se transforma en leyenda y la política en pasión colectiva.
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