Luis Alberto Vázquez Álvarez
“Es prudente desconfiar por entero de quienes nos han engañado una vez.”
René Descartes
México ha vivido varias revoluciones históricas y de pronto pareciera que los fantasmas de las dictaduras regresan una y otra vez, mucho se debe en quienes depositas la confianza de las instituciones y el seguimiento a los principios fundamentales republicanos y populares.
Benito Juárez y sus liberales lograron crear un México independiente y libre de sujeciones extranjeras, pero permitió que líderes militares alcanzaran cargos públicos, en un primer momento electorales, luego, fingiendo actos democráticos, el poder absoluto, dominando al pueblo sometiéndolo a cargas infrahumanas en el porfiriato.
En 1910 el pueblo siguió a Francisco I. Madero y confió en él, pero éste no confío en el pueblo; mantuvo una burocracia porfirista, incluido el ejército y cayó en el manto de los “científicos” que lo traicionaron y hasta asesinaron llevando al país a una sangrienta guerra fratricida.
En 1917 los revolucionarios crearon una norma máxima con derechos populares en materia laboral y agrícola, así como principios de soberanía. La ambición de unos pocos se aprovechó de la voluntad popular y modeló una “Dictadura Perfecta” que, con partidos opresores y cómplices descarados como PPS y PARM y otros fingidos como el PAN, prostituyeron los ideales revolucionarios y mantuvieron el poder político y económico para beneficio de unos pocos, fingiendo una democracia que nunca realmente existió; el pueblo votaba por los candidatos de la oligarquía, jamás por los de su propia identidad.
En los casos anteriores, siempre florecieron traiciones de conservadores que buscaron apoyo en el extranjero para mantener el yugo sobre el pueblo, lo mismo en 1864 con Francia y atrayendo a Maximiliano, que en 1923 con los tratados de Bucareli entregando el país a los gringos, ya no en partes del territorio físico sino en dominio económico, comercial y político.
Hacía 1930 surgió un movimiento nacionalista recuperando recursos naturales, pero pronto fue apostatado por el partido en el poder (PNR; PRM y hasta hoy PRI) que buscó, creó y hasta alentó un imaginario opositor: el PAN el cual, cuando nació casi nadie lo quería, solo atraía unos cuantos, aquellos si eran honestos; pero, con la llegada al poder los dos peores presidentes de la república que ha tenido México (2000 a 2012), miles de pelafustanes se sumaron a malvados oportunistas que utilizaron a los pueblos originarios y a las clases humildes como tapete para sus sueños imperialistas de ultraderecha, financiando medios de comunicación tradicionales cada día con mayor vileza, ligados a intereses espurios contra la soberanía nacional y la emancipación del pueblo. Para ellos es imposible contactar con él, jamás los verás en las calles o en aldeas indígenas; ellos creen que los únicos votos que valen son los de la clase encumbrada.
En 2018 surgió un nuevo movimiento transformador, cercano y enlazado al pueblo, creando instituciones de beneficio social, pero en cierta medida aún ligado a fuerzas de poder dictatorial. De ellas debería desprenderse plenamente para poder alcanzar la prosperidad, no comercial o económica de unos cuantos, sino la de millones que deben salir de la misera en que se han visto obligados a vivir por décadas de promesas incumplidas. Sin embargo, aún quedan ambiciosos en el seno transformador que intentan amarrar poder familiar en estados y municipios y seguir enriqueciéndose con la opresión; arribistas que lucran con la creencia de un cambio real, pero continúan engañando mientras buscan mantener sus personales privilegios.
Debe existir una auténtica oposición política, pero no para destruir los frutos sociales obtenidos, sino para sumar más y mantener el fuero común a una vida digna para todos. Existen intenciones de nuevos partidos políticos, pero por ahora esas invitaciones tienen grabados nombres indignos: un agiotista evasor de impuestos y ladrón de bienes como televisoras y dinero público, candidato ad hoc a la ideología PRIANista; equivalente en 2026 a Miguel Miramón de 1864, aquel traidor que fingió ser presidente mientras esperaba un emperador extranjero. Hoy esperan órdenes del dictador apergaminado con maquillaje naranja gringo, ese émulo pederasta, que sueña con sumar más territorios a su feudo mientras como buenos fascistas preparan campos de concentración para quienes no piensan como ellos.







