Raúl Adalid Sainz
«Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo; como el teatro que no recoge el latido social, el latido histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro». Federico García Lorca.
Quise abrir este texto citando la potencia de palabras de Federico, acerca de la posición importante que el teatro debe guardar en la sociedad.
«El Diccionario», obra de Manuel Calzada Pérez y montaje de la Compañía Nacional de Teatro, me inspiran la construcción de este escrito.
Noche de auténtico teatro vivida un 3 de febrero del naciente 2026.
La obra recrea la vida de la española universal María Moliner Ruiz. Filóloga, lexicógrafa, creadora del «Diccionario del uso del español».
Más que un diccionario, su trabajo fue el amor pasional por la palabra. Libro compuesto en dos tomos, y que le llevó quince años de su vida. Trabajo hecho a mano, en su casa. Su obra y vida es el reflejo de la voluntad y la perseverancia.
Una meta: transmitir a la sociedad española e hispanoamericana la belleza honda del idioma. La misión: el alcance de la libertad por medio de la palabra y la debida expresividad de la misma. La posibilidad argumental del pensamiento en el uso potente de la palabra.
Esta es mi conclusión en pensamiento de la obra. Ahora bien, qué me dice la emoción, que hoy al escribir se traduce en letras. El teatro es hermoso, la posibilidad de ver y transcribir el hecho humano. El alcance de vivir y reflejarse en otros seres por sus conductas. El vivir en una sala teatral la capacidad ritual de la reunión. El silencio que me habla, el comulgar e intimidar con las palabras y hechos escénicos, mismos que me llevan a vivir la trama.
El texto del español Calzada Pérez, es extraordinario, por su elocuencia y potencia revelatoria de una alma, que va a lo último en pos de su objetivo magno. Lo paradójico: alguien que amó las palabras las pierde en el extravío de la memoria. La dirección de Enrique Singer es impecable en su narrativa escénica, en su unidad tonal actoral, en el elocuente manejo de su espacio y cambio de tiempos comunicativos. En suma: en la correcta organización de su material escénico.
La escenografía es una metáfora de la memoria que se desprende en María Moliner Ruiz. Un muro de fragmentos de papel que vuelan al vacío. Auda Caraza y Atenea Chávez, son las creativas. Iluminación de sueño en claro oscuros de Víctor Zapatero. Un vestuario sugerente de ideas y de respeto a la época (el tiempo franquista español) por la talentosa Estela Fagoaga.
Lo anterior está manifestado en el inspirado trabajo de entrega de alma, mente y cuerpo, de un extraordinario equipo de actores. Luisa Huertas es María Moliner. Su interpretación es el sueño de ficción que rebasa a la realidad. Es un canto amoroso en libertad. Es expresar en el lenguaje actoral una idea, una imagen, una vida en la extensión de la palabra.
Oscar Narváez, su marido Fernando, compone una sinfonía en matices con su ser a vivir. Estamos ante un gran señor de la escena. Mi querido Arturo Ríos hace su debut en la Compañía Nacional de Teatro, con su entrega fiel a su amor por el arte de Dioniso. Hablar de Arturo es decir caleidoscopio de emociones y matices. Roldán Ramírez vive la juventud interpretativa de Fernando, marido de María, en absoluto compromiso actoral.
¡Gracias a todo este equipo, por una noche amorosa de fiesta teatral!
La obra concluye este próximo martes 10 de febrero a las 20 horas, en el Teatro Julio Castillo. Aunque amenazan, y así debe ser, con próximo volver.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan








