Federico Berrueto
En la pasada colaboración se señalaba que el populismo tiene dos derivas: democracia o fascismo. Así es porque la polarización, propia de éste, no es un medio eficaz para mantenerse en el poder, se agota con el tiempo. Por ejemplo, en México el obradorismo puede culpar al neoliberalismo de todos los males lo que sirvió para allanar su arribo al poder. El populismo, al excluir al opositor propicia un desempeño faccioso del gobierno para que, finalmente, haya un desencuentro con la expectativa inicial, lo que conlleva una fuerte cuota de cinismo; rudo desencuentro entre lo que se dice y lo que se hace o sucede.
El problema mayor del modelo populista tiene que ver con la prédica traicionada. La corrupción continúa, se diversifica y normaliza la impunidad que abre de par en par la puerta a la violencia y la criminalidad. El bienestar se confunde con la asignación de recursos directos de corte clientelar, mientras que la salud, educación y calidad del gobierno están por los suelos. La soberanía se vuelve ilusoria ante la debilidad estructural del país. El cinismo y la mentira se entreveran para construir su propia realidad.
El ciclo populista llegó a su clímax en 2024, un retroceso histórico por la parcialidad del gobierno, la inequidad en la elección, además de la intervención del crimen y la trampa en la integración legislativa. Empero, el llamado segundo piso de la transformación tiene un logro mayor al corregir los “abrazos, no balazos” y, todavía más, dejar el mando de la seguridad en un civil; sin embargo, hasta ahora la impunidad se mantiene inamovible con los de casa. Peor, la extorsión ha hecho de las autoridades criminales.
El error fundacional de López Obrador fue cancelar el aeropuerto de Texcoco; el de Claudia Sheinbaum, la destrucción del Poder Judicial como instancia independiente y de constitucionalidad. El ridículo en el manejo de la adquisición de los vehículos blindados de los ministros muestra extremos de mediocridad impensables. No asusta el descuido o el abuso, sino la pequeñez de los altos funcionarios judiciales. No hay espacio para que la presidenta pueda presumir con orgullo el cambio por ella promovido; tiene que salir en su defensa acreditando que el Poder Judicial pertenece al proyecto político.
El relevo en la coordinación de los Senadores del régimen es un punto de quiebre del modelo inicial, ocurre cuando se pretende cerrar el círculo autocrático con una reforma política y cambiar la fecha de la consulta para la revocación de mandato. Todo indica que no podrá realizarse en los términos previstos porque se eliminaría a quienes se necesitan para aprobarla. El PT y el PVEM no pueden renunciar a su existencia, menos el segundo, que tiene identidad, trayectoria e intereses propios.
El régimen rechaza la deriva democrática y gradualmente se perfila hacia el uso de la violencia para mantenerse en el poder. Ocurre en los extremos, particularmente en los estados, y la libertad de expresión es uno de los objetivos, toda vez que la oposición oficial es marginal por la incompetencia de sus dirigencias. El uso de las instancias judiciales es su nueva dinámica; las nuevas normas y el sometimiento de los tribunales. El consenso existente no se explica sin una libertad de expresión reducida o penosamente extraviada por el miedo, el encono o la amenaza explícita. Por ahora se impone el cinismo y se presume que como nunca se respetan las libertades.
La narrativa de éxito cada vez resulta menos eficaz para vencer y convencer; ni para los de casa sirve. Incluso el signo distintivo de la administración actual —la lucha contra el crimen— cobra realidad en las cuestionables cifras oficiales, no en lo que viven las personas, como lo muestran los estudios del INEGI. Igualmente, se presume soberanía ante el evidente sometimiento a Estados Unidos. Trump dispensa la misma generosidad a la presidenta espuria de Venezuela que a la de México. El país decide soberanamente obedecer, casos de la suspensión del envío de petróleo a Cuba o de la ofrenda de casi un centenar de delincuentes al margen del tratado 1de extradición, violentando los derechos de los procesados y anulado que el Estado cumpla su responsabilidad en materia penitenciaria y de justicia penal.
Presumir que México es el país más democrático del mundo por la elección amañada de juzgadores es como decir que el país tiene un sistema de salud mejor que el de Dinamarca. Instantáneas de cinismo que revelan la impunidad verbal y la indefensión de la sociedad para exigir que los malos gobernantes rindan cuentas por sus decisiones. Instantáneas del fin del mundo como se conocía o pretendía.







