Federico Berrueto
El K-Pop más que un género musical es un sistema cultural completo surgido en Corea del Sur que combina pop, hip-hop, electrónica y R&B con coreografías altamente sincronizadas, una estética visual muy cuidada y narrativas construidas alrededor de los integrantes. Los grupos de K-pop funcionan como marcas culturales globales: producen música, moda, lenguaje, fandoms organizados y formas de consumo digital. Su impacto radica en la profesionalización extrema del espectáculo, el uso estratégico de las redes sociales y la construcción de identidades colectivas que trascienden fronteras nacionales.
K-Pop Demon Hunters no sólo rompió récords de audiencia en cine (Netflix), sino que su música alcanzó logros históricos en listas globales de streaming y Billboard, consolidándose como un fenómeno cultural y musical global. El grupo juvenil BTS no está involucrado directamente en la película; sin embargo, su éxito e impacto internacional forman parte del piso cultural sobre el cual se construye este fenómeno.
BTS programó tres conciertos en el Estadio GNP Seguros de la Ciudad de México para mayo de 2026. Los boletos se agotaron en tiempo récord: 1.1 millones de personas se formaron en la fila virtual para disputar los 150,000 lugares disponibles entre las tres fechas, y las entradas se agotaron en apenas 37 minutos. El proceso de venta generó quejas del ARMY —la base de seguidores del grupo— por la falta de transparencia en los precios, los mapas de asientos y los problemas técnicos de la plataforma de boletaje.
La presidenta Claudia Sheinbaum se involucró en el tema, calificando la llegada de BTS como una “petición histórica” de la juventud mexicana. Incluso envió cartas diplomáticas al gobierno de Corea del Sur para gestionar más fechas del grupo en México. Al conocer que había recibido una carta de la presidenta de México, el primer ministro Kim Min-seok seguramente esperaba un asunto relacionado con comercio o inversión. No sería extraño: México ha impuesto aranceles que preocupan a importantes empresas coreanas en el país, como Kia, Hyundai, Samsung y LG. Además, existe un litigio fiscal de gran relevancia entre Samsung y el SAT por la aplicación del IVA en operaciones del programa IMMEX, con montos millonarios en disputa y una resolución pendiente de la Suprema Corte que podría sentar un precedente clave para la inversión extranjera en México.
No obstante, el primer ministro se equivocó. La carta de la presidenta Sheinbaum no se refería a comercio, inversión o una disputa legal, sino al K-Pop: una solicitud para que el gobierno coreano ayudara a modificar la gira de BTS y aumentar el número de conciertos.
Se trata de un acto de franco oportunismo. Algún “talentoso” asesor debió sugerirle a la presidenta abordar en la mañanera el tema como una forma de conectar con la generación Z, que ha mostrado señales de rechazo a Morena y a su gobierno. Resulta bochornoso ver a la jefa de Estado, en una coyuntura tan compleja e incierta para el país y para el mundo, ocuparse de un asunto que pudo ser gestionado por vías más discretas y eficaces, si de verdad el interés era atender una demanda juvenil.
La situación remite a una reflexión seria sobre el valor de la mañanera en esta fase del ciclo del obradorismo y sobre la prioridad electoral desbordada de la presidenta. Este espacio ha resultado crucial para gobernar mediante una suerte de prédica moral que sirve indistintamente para absolver, condenar o sentenciar, todo de forma abusiva, rasgo característico del autoritarismo contemporáneo que, al parecer ya se acabó. Ni para eso sirve.
El problema es que la mañanera expone cada vez más a la presidenta, como cuando se enreda en asuntos delicados de la relación con Estados Unidos: el petróleo enviado a Cuba, la aprehensión de un objetivo prioritario del FBI, el envío ilegal de mexicanos a ese país, el avión militar en Toluca, las amenazas de Trump de actuar unilateralmente en territorio nacional, entre muchos otros. Sergio Sarmiento —periodista serio y cuidadoso— describe este manejo presidencial como la técnica de la Chimoltrufia: “como digo una cosa, digo otra”. Un caso más: que la presidenta tenga que salir en defensa de la Corte, sin advertir que constituye una prueba irrefutable no sólo de la incompetencia de los ministros y de su presidente para explicar el ridículo y el exceso, sino de que el Poder Judicial ha dejado de existir como una entidad autónoma e independiente del gobierno.







