Raúl Adalid Sainz
En 1983, el hecho escénico se produjo con gran fuerza en el pequeño y maravilloso ámbito del Teatro Sor Juana Inés de la Cruz, de la UNAM. La obra: «De la Vida de las Marionetas». Basada en un libreto de Ingmar Bergman, dirección del genial Ludwik Margules (qepd). En el elenco estaban actores como: Fernando Balzaretti (qepd), Julieta Egurrola, Rosa María Bianchi, Luis De Tavira, Farnesio de Bernal (qepd), Emilio Echavarría, qepd, Conchita Márquez, Eva Calvo.
Todo el elenco está referido en el programa de mano adjunto al escrito. Margules decía en clases que dirigir era un acto poético, la capacidad de relacionar la emoción humana con el espacio escénico; un acto de lucidez, una responsabilidad y organización del espectáculo. Ver una obra de Ludwik era visualizar lo anterior.
El trabajo escenográfico y de iluminación, del querido Alejandro Luna, qepd, era interiorizar el conflicto humano de los personajes. Era un ámbito poético del alma de los mismos. La iluminación, un viaje a los lejanos retruécanos de la mente.
Ludwik era obseso en el trabajo del actor. Tuve la fortuna de ser alumno de él en un seminario de dirección y en un extraordinario taller de perfeccionamiento actoral. «El actor debe llegar a un profundo calado del interior de su personaje, tócate, no te censures».
Alrededor de «La Vida de las Marionetas», corrió la leyenda, el mito, como sucede con las grandes obras artísticas que pulsan mucho vivir, que Margules había enloquecido a Balzaretti; que éste quería suicidarse, que nunca se sintió bien en su personaje, pese a que todos sus compañeros y espectadores pensaban lo contrario. Su labor era en verdad extraordinaria.
Hace poco, el director y dramaturgo, Flavio González Mello, me comentó que pocas veces había salido del teatro tan tocado emocionalmente como con ese suceso imborrable ocurrido en el ayer tan presente.
Hoy, muy de mañana, me encontré estos apuntes. Tenían fecha de 2012. Al querer compartirlos, busqué imágenes que fueran marco a este recuerdo. Lo que Ludwik dice en el programa de mano de lo que es el actor y su labor, es oro puro. Vale la pena leerlo, aunque sea con lupa.
Al final de cuentas el actor es un gambusino que busca y busca. En esas pesquisas, uno puede encontrar rutas para en verdad tratar de ser un mejor actor, y por ende, un mejor ser humano, alejado del estúpido ego narciso del éxito, y sí del eros.
Menos yo y más tú, diría fumando su pipa, el inolvidable maestro Ludwik.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan








