viernes 29, agosto, 2025

AVISO DE CURVA

Rubén Olvera

Democracia en riesgo de contagio

En México y América Latina se festeja cuando en política se escuchan todas las voces, cuando las elecciones son competitivas y el voto se respeta, cuando la alternancia es cotidiana y las transiciones a la democracia son pacíficas.

Igual de importante para la salud democrática de un país es que los poderes se equilibren, que las minorías estén representadas e incidan en las políticas públicas, que la pluralidad se ejerza con presencia parlamentaria de todas las fuerzas políticas y que las instituciones electorales funcionen con verdadera autonomía.

Estos rasgos políticos podrían parecer parte de la rutina democrática. Pero quienes fuimos testigos del sistema de partido único —o de regímenes militares y autoritarios en Sudamérica— sabemos que no siempre fue así. Los avances resultaban mínimos y las olas democratizadoras llegaban debilitadas a la orilla.

México es un caso paradigmático: la “dictadura perfecta”. Allí se mezclaban la exclusión de minorías políticas con el clientelismo y el corporativismo. Había elecciones periódicas, pero no nos engañemos; eran elecciones de Estado para conservar el poder.

En los hechos, la competencia política casi no existía. La oposición estaba en desventaja. Las reglas electorales estaban hechas a la medida del régimen y las autoridades carecían de autonomía. Gobierno y partido actuaban como juez y parte.

Los contrapesos eran solo papel, y los poderes se subordinaban al Ejecutivo. La voz cantante era la del presidente, que ejercía facultades metaconstitucionales propias de un sistema cerrado y monocromático.

Ese modelo se extendió por décadas, hasta que la presión de la sociedad civil y la oposición terminó agrietándolo. La inclusión de legisladores plurinominales a finales de los setenta llevó las primeras voces opositoras al Congreso. Después, la alternancia en algunos gobiernos locales abrió paso a la competencia real. En 1988, la oposición logró por primera vez equilibrar la Cámara de Diputados; este hecho marcó un antes y un después en la pluralidad política.

Fue cuestión de tiempo para la transición democrática: la oposición ganó por primera vez la presidencia en el 2000. Desde entonces, la competencia, la pluralidad y la alternancia se volvieron parte de la normalidad democrática. Asimismo, se crearon y fortalecieron instituciones electorales autónomas que dieron certeza a los comicios. México aprendía, por fin, a convivir en la diversidad política. ¿Qué puede ser más democrático que eso?

Por ello, cada avance en esa dirección debe celebrarse. La democracia no surge de la nada: es un arte que se construye y se protege permanentemente.

Hoy, sin embargo, somos testigos de un giro extraño en la región. Países que alguna vez parecieron democracias en consolidación caminan ahora en sentido contrario. La lista no sorprende: El Salvador, Venezuela y Nicaragua. Para diversos analistas, estas naciones ya exhiben rasgos de retroceso.

En El Salvador, por ejemplo, Nayib Bukele redujo el número de escaños en la Asamblea, eliminando la representación proporcional en algunos distritos, mientras intensificaba su control sobre los otros poderes, incluso destituyendo magistrados.

El patrón es el mismo en Nicaragua y Venezuela: concentración del poder en el Ejecutivo, debilitamiento de la competencia y manipulación de las reglas electorales. En vez de abrir espacio a la pluralidad, se ponen candados.

La democracia mexicana debería vacunarse. El virus autoritario es sumamente agresivo e inteligente, siempre busca un huésped frágil para multiplicarse.

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